... Se te da muy bien últimamente. Soltar esas preciosas palabras por tu boca que no hacen más que demostrar la falsedad de las mismas. Esas con las que demuestras tu poca credibilidad, pero que a la vez simplemente una llena de sosiego y tranquilidad tu mundo caótico.
Aquellas que cubren tus ojos de alegría, pero que al instante la rompe por completo con su maldad.
Sí, esa maldad que pretendes esconder, pero no lo consigues. Esa maldad que yo puedo leer entre líneas, puedo verla tras muchos intentos. Consigo tras mucho esfuerzo indagar en todo aquello que antes mi ceguera y tu gran capacidad para ocultar las cosas no me permitía ver con claridad.
Pero tu experiencia te permitía apañártelas a la perfección con este asunto. Manejaste el timón con tal maestría que cualquiera diría que yo, inocente, descubriría tu maravilloso plan. Tu ''mapa del tesoro'' que, sintiéndolo mucho, fui yo la que lo encontró primero.
Un tesoro no muy grato. No es precisamente el tipo de tesoro que yo querría. Pero eso me hizo ver que era lo que querías. Que ese tesoro era para mi. Era tu regalo. Era lo que tú me ofrecías después de todo. Era lo que me entregabas como muestra de ''agradecimiento''. Una pullita más. Total, no importa ¿verdad?
Y lo conseguiste, te llenó de satisfacción saber que ya lo tenía en mis manos. Y en ese valioso tesoro pude descubrir gran parte de tu forma de ser. Pero no era suficiente, algo más escondías con tal perfección que, lo siento, mi inteligencia para captar tus indirectas que hasta ahora tenía, se esfumó.
De todas formas, tu principal y al parecer único objetivo ya estaba alcanzado.
Y ahora sí, que el orgullo recorra tu cuerpo de pies a cabeza. Ahora sí te lo permito y te lo permitimos todos los que pertenecimos a tu interminable juego.
Ahora si quieres puedes regodearte y pasar con la cabeza bien alta, porque lo has conseguido.
Has conseguido que me tragara todas tus estúpidas mentiras, una tras otra.
Y lo peor es que tú seguiste. Tu jueguecito no terminaba así, es más, no querías que tuviera un final. Querías uno largo y sin duda perfectamente jugado.
Y ahí sigues. Tirando los dados a ver si aciertas y llegas a la casilla adecuada, a la que quieres llegar.
Y lo siento, pero esa casilla para mi es invisible. No soy capaz de verla porque tampoco soy capaz de imaginarme que todo esto va a más. Que no para.
Y tampoco me imagino cuándo será el final. Tus habilidades y mi inocencia son totalmente compatibles para seguir jugando a eso que yo llamo mentir.
Es totalmente imprevisible, porque lo cierto es que somos totalmente imprevisibles.
Siempre guardas ese as en la manga, y yo siempre estoy dispuesta a dejarme engañar.
Nunca conseguiré llegar al fondo de tu forma de ser, y tampoco sabré cuando realmente te habré conocido de verdad.
Siempre seguirás teniendo ese misterio. Ese algo difícil, ilógico, imposible de explicar.
Ese algo que atrae, y que por imposible que parezca no me cansa.
Por muchas mentiras que contengan todas tus frases, siempre seguiré tus huellas para ver a dónde quieres llegar.
Querré saber a toda costa a dónde te diriges. A ver en que palacio de cuento o mansión de ensueño guardas bajo llave tus pensamientos, tus emociones, tus ideas, tus verdaderos sentimientos hacia las cosas, tu personalidad, tu verdad.
Enseñame dónde escondes ese tú , ese que sabes que yo conozco. Ese del que hablas de vez en cuando.
Ese del que enseñas la patita debajo de la puerta alguna vez. Pero nunca muestras su rostro completo.
Sé que no eres así. Lo sé.
Sé que debajo de esa máscara se encuentra algo con mucho más fondo. Algo que es mucho más que una simple mentira.
Y por muchos palos que me lleve, por mucha agua salada que tenga que tragar y por mucha inocencia que tenga que demostrar, espero que algún día tenga el privilegio de descubrirlo.
martes, 7 de junio de 2011
domingo, 5 de junio de 2011
Para siempre
Todavía me acuerdo de cuando tan sólo éramos unos críos que no hacíamos más que llorar y dar la tabarra.
Cuando en infantil le clavé un tenedor a un caracol y tuve que enseñarlo a medi colegio.
Me acuerdo de nuestros recreos jugando a ''mamás y a papás'' en aquel patio para niños con sus toboganes y sus cosas.
Me acuerdo de mi mejor amiga por entonces, Clara, con la que pasé miles de momentos buenos y con la que viví numerosas caídas de niños.
Nunca olvidaré las siestas que nos hacian echarnos. Y que yo y unos cuantos más nos levantábamos a despertar a todos como locos, correteando de un lado para otro y ganandonos las broncas de nuestra profesora Ana.
Tampoco voy a olvidar nuestra llegada a primaria, después de ese gran festival sobre la historia. Ni todos los nuevos compañeros que llegaron, ni mi obsesión por quedarme con todas las pinturas de la gente, o robarle sacapuntas a Irene.
Y pasaban los años, y el Juan de Valdés era como nuestra segunda casa. Nos pasabamos mañana y tarde en aquel lugar que a momentos detestabamos con todas nuestras fuerzas.
No veíamos el momento de llegar a secundaria. Pero pasó todo muy deprisa, y siempre nos acordabamos de nuestros profesores de primaria, que nos habían ayudado a llegar hasta ahí.
Y llegó la mejor época. Secundaria. Aunque es una época de cambios buenos y malos, para mi es la mejor etapa en el colegio.
Todos nos unimos muchísimo más, nos conocimos mejor, comenzamos a relaccionarnos unos con otros y a hacer nuevos amigos.
Comenzaron nuestras tardes de viernes ''libres'' por lo tanto estabamos ilusionados con poder salir a la calle aunque sólo fuera hasta las ocho de la tarde.
Sufrimos muchos cambios en nuestra personalidad y en nuestras amistades, pero también conocimos a los profesores que nos llevan dando clase hasta ahora, y que han estado siempre con nosotros aunque a veces no lo sepamos ver.
Tuvimos a Carlos, nuestro profesor con el que las mates todavía eran ''fáciles''.
A Juan Antonio, con el que Lengua se hacía mucho más interesante y amena.
A Ruth, probablemente la mejor profesora de inglés que hemos tenido hasta ahora y mi tutora durante dos años.
A mi actual tutor Dani con el que nos reímos gracias a su cercanía con nosotros.
A Félix y su magnífica pronunciación francesa.
Y a Alfredo, siempre con su ''boligráfo'' y sus collejas de todos los días.
Por mucho que a veces nos quejemos, en el fondo nadie nos ha tratado ni nos tratará mejor que ellos en un futuro. Nos conocen desde que eramos unos canijos, y nos han sabido llevar por el buen camino y eso siempre se agradecerá.
Pero sin duda el mejor año, ha sido este.
A pesar de separarme de mi clase al principio, nos adaptamos todos rápidamente y supimos llevarlo bien.
Y lo cierto es que al principio nuestra clase era un caos. Todos hablando, sin respetar a los demás y sin dejar hablar a los profesores.
Pero poco a poco empezamos a acostumbrarnos, y a reírnos sin parar.
Y aunque nuestras numerosas paridas lleguen a cansar, en el fondo nos lo pasamos bien.
Todas las tonterías de ''uno'', ''estupiñá'' o nuestros típicos:
''A casaaaaaaaa'', ''¿Qué hay de deberes? ¡Naaaaaaaaada!'', ''A fauniaaaaaaaa'', ''¡Exáaaaaamen!''
''Well, it could be!''
Y todas esas estupideces que la verdad se echarán de menos.
Son demasiados años, y parece mentira que estemos a unos días de terminar con todo esto. De que digamos adiós a nuestro colegio y nuestros profesores.
Pero tengo claro que no es un adiós, porque por mucho que nos vayamos, conozcamos a nuevos amigos, nos distanciemos, y empecemos bachillerato en institutos diferentes, el Juan de Valdés siempre será nuestro colegio.
Aunque ya no tengamos que cruzar esos pasillos todos los días, aunque no nos tiremos todos los recreos en la misma cafetería, aunque ya no veamos las mismas caras de sueño, y aunque los nervios de antes de un exámen ya no sean los mismos.
A pesar de eso, siempre será nuestro colegio. Porque nunca nos reiremos tanto como allí, nunca nos acostumbraremos tan rápidamente a las mismas paridas, nunca conoceremos a nadie mejor que a los que hemos conocido allí.
Porque ni dos años de bachiller, ni quinientos de carrera sustituirán a los trece vividos allí.
Por eso hay que dar las gracias por todo este tiempo.
Gracias por el intercambio a Londres, a Alemania y este último viaje a Roma. Y gracias a Dani y a Juanan por habernos acompañado y soportado durante los cinco días.
Por los festivales de fin de curso que aunque a veces sean todos iguales, seguro que éste tendrá algo distinto.
Por las miles de excursiones de fin de curso y la que nos espera en dos semanas.
Por todos los exámenes imposibles que, al estar todos de acuerdo, nos hacían sentir mejor.
Gracias a Baena, Julia y Alfredo que por meternos tanta caña (aunque hemos llegado casi a odiar ciencias), seguro que de algo nos servirá el año que viene.
A Ruth por habernos preparado tan bien para el First y por habernos subido la autoestima cuando estaba un poco por los suelos.
A los más de 50 compañeros que somos.
Y espero que la cena que estamos preparando sea memorable, para no olvidarnos nunca nuestros trece años mejor vividos.
Cuando en infantil le clavé un tenedor a un caracol y tuve que enseñarlo a medi colegio.
Me acuerdo de nuestros recreos jugando a ''mamás y a papás'' en aquel patio para niños con sus toboganes y sus cosas.
Me acuerdo de mi mejor amiga por entonces, Clara, con la que pasé miles de momentos buenos y con la que viví numerosas caídas de niños.
Nunca olvidaré las siestas que nos hacian echarnos. Y que yo y unos cuantos más nos levantábamos a despertar a todos como locos, correteando de un lado para otro y ganandonos las broncas de nuestra profesora Ana.
Tampoco voy a olvidar nuestra llegada a primaria, después de ese gran festival sobre la historia. Ni todos los nuevos compañeros que llegaron, ni mi obsesión por quedarme con todas las pinturas de la gente, o robarle sacapuntas a Irene.
Y pasaban los años, y el Juan de Valdés era como nuestra segunda casa. Nos pasabamos mañana y tarde en aquel lugar que a momentos detestabamos con todas nuestras fuerzas.
No veíamos el momento de llegar a secundaria. Pero pasó todo muy deprisa, y siempre nos acordabamos de nuestros profesores de primaria, que nos habían ayudado a llegar hasta ahí.
Y llegó la mejor época. Secundaria. Aunque es una época de cambios buenos y malos, para mi es la mejor etapa en el colegio.
Todos nos unimos muchísimo más, nos conocimos mejor, comenzamos a relaccionarnos unos con otros y a hacer nuevos amigos.
Comenzaron nuestras tardes de viernes ''libres'' por lo tanto estabamos ilusionados con poder salir a la calle aunque sólo fuera hasta las ocho de la tarde.
Sufrimos muchos cambios en nuestra personalidad y en nuestras amistades, pero también conocimos a los profesores que nos llevan dando clase hasta ahora, y que han estado siempre con nosotros aunque a veces no lo sepamos ver.
Tuvimos a Carlos, nuestro profesor con el que las mates todavía eran ''fáciles''.
A Juan Antonio, con el que Lengua se hacía mucho más interesante y amena.
A Ruth, probablemente la mejor profesora de inglés que hemos tenido hasta ahora y mi tutora durante dos años.
A mi actual tutor Dani con el que nos reímos gracias a su cercanía con nosotros.
A Félix y su magnífica pronunciación francesa.
Y a Alfredo, siempre con su ''boligráfo'' y sus collejas de todos los días.
Por mucho que a veces nos quejemos, en el fondo nadie nos ha tratado ni nos tratará mejor que ellos en un futuro. Nos conocen desde que eramos unos canijos, y nos han sabido llevar por el buen camino y eso siempre se agradecerá.
Pero sin duda el mejor año, ha sido este.
A pesar de separarme de mi clase al principio, nos adaptamos todos rápidamente y supimos llevarlo bien.
Y lo cierto es que al principio nuestra clase era un caos. Todos hablando, sin respetar a los demás y sin dejar hablar a los profesores.
Pero poco a poco empezamos a acostumbrarnos, y a reírnos sin parar.
Y aunque nuestras numerosas paridas lleguen a cansar, en el fondo nos lo pasamos bien.
Todas las tonterías de ''uno'', ''estupiñá'' o nuestros típicos:
''A casaaaaaaaa'', ''¿Qué hay de deberes? ¡Naaaaaaaaada!'', ''A fauniaaaaaaaa'', ''¡Exáaaaaamen!''
''Well, it could be!''
Y todas esas estupideces que la verdad se echarán de menos.
Son demasiados años, y parece mentira que estemos a unos días de terminar con todo esto. De que digamos adiós a nuestro colegio y nuestros profesores.
Pero tengo claro que no es un adiós, porque por mucho que nos vayamos, conozcamos a nuevos amigos, nos distanciemos, y empecemos bachillerato en institutos diferentes, el Juan de Valdés siempre será nuestro colegio.
Aunque ya no tengamos que cruzar esos pasillos todos los días, aunque no nos tiremos todos los recreos en la misma cafetería, aunque ya no veamos las mismas caras de sueño, y aunque los nervios de antes de un exámen ya no sean los mismos.
A pesar de eso, siempre será nuestro colegio. Porque nunca nos reiremos tanto como allí, nunca nos acostumbraremos tan rápidamente a las mismas paridas, nunca conoceremos a nadie mejor que a los que hemos conocido allí.
Porque ni dos años de bachiller, ni quinientos de carrera sustituirán a los trece vividos allí.
Por eso hay que dar las gracias por todo este tiempo.
Gracias por el intercambio a Londres, a Alemania y este último viaje a Roma. Y gracias a Dani y a Juanan por habernos acompañado y soportado durante los cinco días.
Por los festivales de fin de curso que aunque a veces sean todos iguales, seguro que éste tendrá algo distinto.
Por las miles de excursiones de fin de curso y la que nos espera en dos semanas.
Por todos los exámenes imposibles que, al estar todos de acuerdo, nos hacían sentir mejor.
Gracias a Baena, Julia y Alfredo que por meternos tanta caña (aunque hemos llegado casi a odiar ciencias), seguro que de algo nos servirá el año que viene.
A Ruth por habernos preparado tan bien para el First y por habernos subido la autoestima cuando estaba un poco por los suelos.
A los más de 50 compañeros que somos.
Y espero que la cena que estamos preparando sea memorable, para no olvidarnos nunca nuestros trece años mejor vividos.
FOTO TUENTI :
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