Están presentes en nuestra vida constantemente. Día tras día sufrimos cambios en nosotros mismos, en nuestra forma de pensar o de actuar, de vestir, de relacionarse con los demás.
Puede que los cambios de humor sean los más frecuentes, ya que son los que afectan en mayor medida a las personas en general. Aunque se dice que en especial a los adolescentes.
Un día quieres blanco, pero al otro quieres negro.
Las primeras horas del día estás desbordante de alegría pero unas pocas después la mala leche se apodera de ti.
Un día tienes cierta idea sobre alguien pero al siguiente ha cambiado por completo.
Pero hay otros más importantes, que son aquellos que tardan su tiempo en llevarse a cabo y en ser asimilados.
A los que les hace falta quizá años para salir a flote ya que antes no eran capaces o bien no se atrevían a ser mostrados.
Esos son los cambios que realmente tienen consecuencias positivas o negativas, los que van a marcar cómo eres, qué piensas acerca de diferentes aspectos o cómo actúas frente al resto.
Normalmente intentamos cambiar a mejor, y nos esforzamos para conseguirlo.
Pero si indagamos un poquito más, nos podremos dar cuenta de que forzando algo no se obtienen resultados tan rápidamente. Puede ayudar, pero no lo va a producir por completo.
Los cambios vienen solos, sin darnos cuenta. Y vienen a base de errores, de problemas, de situaciones desagradables o de momentos no muy felices. Aunque parezca mentira es así.
De los errores se aprende, de no haber sabido afrontar una situación también se aprende, y de problemas y discusiones también se aprende para saber controlarse.
Y esos son la base de los cambios. El aprendizaje. Aprendemos y aprendemos hasta cambiar y recapacitar.
A veces hay alguien que nos lo dice, nos aconseja. Pero otras simplemente te infravaloran y te hacen ver tu error sin decirlo directamente.
Pero sin ninguna duda la mejor manera de verlo es por nosotros mismos. Darnos cuenta de lo que hacemos mal y reconocerlo.
Y entonces puedo decir que todos nosotros hemos cambiado. Y sino recordar cómo éramos hace tres años.
En primero de la ESO. O en segundo.
Probablemente nuestros pensamientos y sentimientos han cambiado por completo. Hemos cambiado nuestra manera de ver la vida, de asimilarlo todo, de ver como se te escapan de las manos momentos que puede que no vayas a volver a vivir. Hemos cambiado como personas, es más, nos estamos formando como personas. Estamos analizando cada detalle de nuestra rutina, fichándolo y descartándolo si no nos hace falta o no nos gusta. Y así poco a poco hasta descubrir que gracias a dichos cambios somos quienes somos.
Y puede que sigamos cambiando sin parar, sin darnos cuenta, sin percatarnos ni siquiera de que estamos creciendo no sólo mentalmente sino físicamente.
Fijaros simplemente en nuestro aspecto hace unos años. Posiblemente lo detestemos ahora mismo, pero qué casualidad que en ese momento no nos desagradaba precisamente. Y día tras día fuimos cambiando un poquito más hasta ahora.
Por eso digo, que cambiar es bueno. Por más que digamos que ''queremos ser los niños pequeños de hace unos años para no preocuparse por nada''.
Porque preocuparse por las cosas y tener responsabilidades es otro paso más. Es muy pesado y todos lo sabemos pero es lo que toca y en el fondo nos ayudará.
Y la verdad es que ser capaces de ver todas nuestras virtudes y defectos tanto ahora como en el pasado, es verdaderamente bueno. Porque entonces eso significa que nunca pararemos de cambiar.
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