lunes, 25 de octubre de 2010

salir corriendo.

Un día como cualquier otro. Caminaba, esta vez con un rumbo fijo, mi casa.
Decidida, paso firme y sin pararme. Sin preocupaciones, sin nada que temer, tranquila, sosegada, sin prisa.
Esta vez escogí el camino más largo. No quería llegar. No soportaba la idea de la rutina de siempre. Pero también deseaba llegar con todas mis fuerzas. Estaba cansada. Con la mochila a cuestas.
A pesar de mi ansia por descansar, por sentarme y nunca jamás levantar, a pesar de ello, continué mi camino. Cada vez más despacio, para no llegar nunca.
Pensaba en el colegio. En las interminables horas de clase. Pensé en las veces que tenía un sueño inimaginable. Pensé... Y de tanto pensar me entró el sueño.
Imaginaba como sería mi vida... como sería si nada fuera como ahora. Debí imaginar algo maravilloso, pero de repente, quise cambiar. Quería cambiar todo en mi vida. Quería olvidar, pasar página, conocer gente, conocer mundo, vivir en mi mundo y no preocuparme por nada.
Olvidar todo lo malo. Todo lo que me había hecho sufrir. Todo lo que aguanté, lo que consentí, lo que dí sin pedir nada a cambio, lo que nadie me dio y lo que nadie hizo por mí. Todas las veces que me judgaron, que demostraron no saber nada de mi haciéndolo.

Sin ni siquiera darme cuanta, había dado una vuelta entera al barrio.
Me encontraba ahí, en esa calle. Al lado de ese banco, el de siempre.
Me quede mirando, como una tonta, contemplando su belleza inexistente, a lo lejos, parada, sin mostrar señales de vida humana.

Y de repente recapacité. ¿Qué estaban viendo mis ojos? No lo sabía bien. Me resultaba realmente familiar, pero...
No podía ser. Ahí estaba él. Sentado, comiendo dios sabe qué. Pensativo. Distante e indiferente. Mirando hacia otro lado.
Yo seguía ahí, quieta, pasmada. Ahora aún más. Embobada. Pero desperté. Mi ira salió a la luz y me fui alejando lentamente, cada vez más deprisa. Quería llegar ya a casa. No, algo mejor. Quería desaparecer. No saber nada de nadie.
No podía ser. Era imposible pero cierto. Estaba ahí. Ahí estaba. Ahí.
Ya le había visto más veces, pero no. En ese momento no podía ser cierto. No soportaba esa idea. No soportaba verle. Odio verle pero me encanta.
Esto me produjo ir aún más deprisa, la idea me descolocó totalmente.
Parte de lo que quería olvidar, de lo que deseaba con todas mis fuerzas dejar atrás. Borrón y cuenta nueva, es lo que suelen decir.
Eso quería, decir adiós a tantísimo tiempo perdido. Malgastado. Demasiado tiempo. Muchísimo. Más del que yo no tengo.
Todo eso, estaba sentado en aquel banco. Toda esa mezcla de sensaciones, de recuerdos preciosos y otros horribles, todos los sentimientos, ahí estaban, se iban quedando atrás, en aquel banco, aquella calle, aquel barrio, aquel recuerdo, aquella tarde...

3 comentarios:

  1. Me encanta, es un texto increible.
    Lo mejor, la capacidad de dejarlo atrás, estaría bien que la realidad fuera tan sencilla como el hecho de coger un lápiz y un papel y ponerse a escribir.

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  2. Me alegro que te guste:)
    Lo cierto, es que es muy fácil plasmarlo todo aquí en un blog, pero luego llevarlo a cabo, no es tan fácil, ni mucho menos.
    Por cierto, quiero verte ya :)

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  3. Pues escribirlo es la primera forma de asimilar los cambios, los sufrimientos y las penas. Una vez escritas, parece que cobran menor importancia, y es el momento de dejarlas ir, para empezar una nueva vida, un nuevo amor, unas nuevas expectativas que, no podemos ser ingenuos, quizás no se cumplan, pero vale la pena siempre intentarlo, hasta que se encuentra lo que uno busca.

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