-Buenas tardes zeñó- dijo amablemente el vigilante. -Paze, paze por favó, ezo zí, tenga cuidado con zu burro.
A pesar de no entender a qué se refería, Platero y yo entramos en aquel florido y ruidoso vergel.
La cantidad de verdor, estrechaba aún más el pequeño sendero, pero eso no impedía los correteos de los niños, sus risas enloquecidas que cubrían todo de un ambiente de lo más agradable.
Poco a poco nos fuimos adentrando, dejando atrás al vigilante, que nos miraba con cierta expresión extraña.
Platero estaba tranquilo y sosegado, no mostraba señales de alteración de ningún tipo, cosa que me extrañó, pero también me agradó.
Se metía el sol, cada vez más deprisa, o eso parecía, al pasar la tarde en un santiamén. Un aire cada vez más frío, se apoderaba de los árboles, haciéndoles moverse, de un lado para otro, sin cesar.
Por ello, nos retirábamos poco a poco, se hacía tarde. Platero se mostraba alterado, e impaciente. No sabía muy bien que le pasaba, nunca le había visto de esa forma. Intentaba calmarle, pero era imposible, tiraba de mi, no paraba quieto.
-¿Hay algún problema con zu burro zeñó?- Preguntó el vigilante, que se había acercado a nosotros, percatándose del problema.
-No sé muy bien, está muy alterado.- Dije, preocupado.
-Preziento que tiene frío. La tarde refresca y ...
De pronto y sin esperarlo, un perro furioso se lanzó sobre Platero, y en un intento de apartarle, me mordió.
-¡Oh, discúlpeme!No sé como he podido dejarle suelto!¡Discúlpeme,discúlpeme!- dijo su dueña, mientras ataba a su agresivo can.
-Deje de pedir disculpas, señora. Simplemente tenga más cuidado por Dios.-Dije, enfadado.
La mujer se marchó con cara de arrepentimiento y angustia, pero más angustiados estabamos Platero y yo.
Nos marchamos, con un mal sabor de boca. A Platero también se le notaba, aunque, para mi asombro, se había calmado.
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