Prepárate y ponte cómoda, entrena duro para luchar como nadie. Tu rival va llegando poco a poco. Lo ves aparecer y huele a egocentrismo que apesta. Se cree el dominante, piensa que todo el mundo esta a sus pies. Nos mira por encima del hombro, con su cara de ganador innato. O eso cree, el pobre.
Comienza la partida.
Te concentras, miras fijamente a la pantalla y ves como dos muñequitos se van colocando en sus respectivos puestos.
Tu muñequito, débil e inocente, aparenta dominar perfectamente todo lo que se refiere a la lucha. Aparenta a su vez tener una experiencia envidiable, que jamás nadie podría superar. Pero tu muñequito en realidad sabe que todo esto no es cierto. Cree o incluso sabe a ciencia cierta que perderá. Que no es lo suficientemente fuerte para ganar esa partida por la que tanto apostó.
Su muñequito, fuerte, vigoroso y robusto. Este no aparenta, sino que domina con creces todas las luchas, que sin duda gana.
Siempre sobresalió sobre los demás, todo el mundo le respetaba, le idolatraba.
Es tan sumamente soberbio y arrogante, que sabe de sobra que esa batalla, la gana sin que le requiera el más mínimo esfuerzo.
Los dos muñequitos, uno frente al otro, se miran. Todo parece en calma, no hay lucha. Su muñequito sabe perfectamente cómo sacar las armas para despistar al tuyo. Como hizo con los demás. Los mantuvo distraidos con sus grandes dotes para pasar un buen rato. Rato largo donde los haya. Y así hizo con el tuyo, que sin dudarlo un sólo momento cayó en la malvada trampa, de la que era prácticamente imposible salir.
Un poco más tarde, su muñequito empezó a jugar con el tuyo. No, no hablo de jugar para pasárselo bien. Hablo de jugar, retóricamente. Usaba, manipulaba, y hacía daño como quería a tu pobre muñeco que sólo quería salir ileso.
Pero no es tonto, y se dio cuenta. De repente es cuando verdaderamente comenzó la lucha, dura y dolorosa, pero empezó.
Unos cuantos golpes de rencor, y otros pocos de rabia, avasallaban a mi muñeco por todos los lados, digo ... a tu muñeco.
Ninguno de los dos querían luchar. Se les notaba en las caras, esa cólera y angustia, el dolor y la impotencia por no poder parar esa partida, que deseaban con todas sus fuerzas que se bloqueara, para siempre, que no volviera a funcionar, que por favor parara de una vez. Que alguien se lo impidiera, pero nadie lo hacía.
Se veían obligados a seguir con esa malévola batalla, en la que los dos nos lamentabamos por no haber hecho lo correcto. Bueno, más bien se lamentaban.
Pero tu maldito muñequito, por mucha rabia que te diera, me lanzaba todo tipo de aparatos punzantes, que hacían el daño que a lo mejor a ti jamás te hicieron, por ser tan arrogante. Te aprovechaste del mio, tirado ya en el suelo, frágil y decaído. Tú te aprovechabas, si, tú. Tenías la partida prácticamente ganada¿no?
Pero en un intento de volver,de por lo menos intentarlo, cuando sólo quedaban unas décimas de segundo para que todo estuviera perdido por mi parte, mi pequeño monigote se levantó, y haciendo daño o no, derribó completamente a tu gran monigote, que cayó desplomado al suelo.
Pobre inocente, tan ágil y astuto, taaaaaan egocéntrico. Con tanta experiencia. Con tantas batallas ganadas.
Por fin alguien pudo ponerte en el sitio que verdaderamente debes estar.
Y, te duela o no, te gané.
GAME OVER, querido amigo.
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